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Truco emocional para blindar tu autoestima ante el rechazo
Escrito por Alejandro Pacheco - © Todos los derechos reservados, prohíbida su copia
Mi restaurante favorito es una pequeña pizzería, justo a unas calles de la Diana Cazadora en la Ciudad de México. El lugar es de luz tenue, acogedor, con una decoración modernista y todos sus detalles son en tonos rojos; desde las paredes hasta las sillas y los platos. Tiene un horno de ladrillo rojizo a la vista que es parte importante de su personalidad. La pizza es delgada, casi crujiente. Y recién sacada del horno desprende un olor irresistible. Voy ahí con demasiada frecuencia, regularmente los jueves por la noche.

 Así que cuando llego y me tienen apartada la mesa de siempre, me hace pensar que es una manifestación de cierto amor por mí.

Por lo general pido siempre lo mismo, aunque me tomo mi tiempo. Primero una copa de vino tinto de Las Moras, Malbec y una Pizza de Jamón Serrano con Arúgala.

Si has comido alguna vez conmigo, si me conoces, sabes lo que la comida significa para mí. Cuando un platillo está en su mejor momento, en su cocción perfecta, en su forma más natural y simple, es mucho más atractivo… es un afrodisíaco súper potente. No es necesariamente que la comida en sí, me provoque algún tipo de estimulación, no es así.

 No pongo una rebanada de pastel de queso con zarzamora en mi boca y siento que me está seduciendo de forma automática. Pero hay algo que decir acerca de ciertos platillos que me conectan con toda una experiencia. Junto con otros factores como las texturas, los olores e incluso el ambiente del lugar, que entran perfectamente en el juego. Para algunas personas, sentir el jugo del limón en el ceviche, pasar del paladar a la garganta, les estimula de una forma similar a despojar de la ropa a alguien por primera vez.

Para mí, la comida es una de tantas formas de conectarme con una persona que me atrae. La relaciono con algunas de las experiencias más memorables, románticas y eróticas que he tenido. Pero eso no quiere decir que necesito cambiarme de ropa después de que la última rodaja de carpacho de atún ha pasado por mi lengua.

El punto es que tengo una debilidad por la estimulación de mi sentido del gusto. Soy incesante en el deseo de experimentar sabores y texturas con mi boca. Ya que es una forma sugestiva de llegar a conocer y conectarme con una persona. El sentido del gusto es de los más poderosos que tenemos. Para mí, compartir una cena es un factor decisivo. Si decido ir a cenar con alguien, significa que mi interés va más allá de la mera curiosidad.

Para un hombre, creo que se trata de una técnica de seducción. Muchos de los chefs con los que he conversado, en los innumerables restaurantes en los que he estado, parecen utilizar la comida como una forma de atraer a una mujer. Las mujeres, por otro lado, parecen conectar más con el momento que con los alimentos. Van más hacia lo que ocurrió antes o después de la cena. O lo que significó la experiencia de ir a cenar con esa persona e incluso, hasta donde llegó. Para mí, es ambas.

Siempre estoy muy consciente del por qué elijo comer con alguien y de la elección del menú ideal. Un platillo exquisito, aderezado con la atmósfera de una buena conversación, es un gran catalizador que puede dar la estocada final. Y no sólo concibo un vínculo entre la comida y las personas que han estado cerca de mí. También son diversos los momentos que atesoro en mi vida, y que se han manifestado alrededor de la comida.

Recuerdo la primera vez que alguien cocinó exclusivamente para mí. La recuerdo eligiendo minuciosamente la lista de ingredientes para preparar la cena. La observaba identificar las especias que necesitaba, mientras yo le seguía los pasos entre anaqueles de productos. Y ella elegía el tomate y tomaba una bola de queso para examinarla. Casi, casi acariciándola, antes de ponerla en la bolsa de plástico. Al verla y oler el filete de salmón, sabía que no habría marcha atrás.

Recuerdo el sabor del Café de la Olla con canela, hirviendo, en un pocillo de barro para mitigar el frío de La Marquesa, con una mujer que venía de muy lejos, y que se llevó a México en el corazón. Seducida por completo desde el paladar. Recuerdo el sabor de las fresas con crema sobre la carretera rumbo a la playa con ella.

Recuerdo el mezcal con naranja y la excitación de una nueva aventura. Recuerdo quitar el exceso de sal de sus labios con mis labios y sentir una oleada de estímulos intensos entre las piernas. Recuerdo la lluviosa mañana del día siguiente y verla preparar café, únicamente con mi camisa puesta. Recuerdo verla cortar manzanas y poner una rebanada en mi boca.  Recuerdo lamer sal del dorso de su mano y hacerlo por última vez, antes de marcharse y no volver a verla nunca más.

Ese es el efecto de la comida en mí y la influencia de su poder seductor. Del chocolate me seducen sus propiedades psi-coactivas, y del vino, sus estímulos psicológicos sugerentes.

Definitivamente, Tú eres lo que comes.

Estamos juntos en esto... Abrazo.
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Acerca de mi: 
Alejandro Pacheco

Alejandro es un autor y entusiasta de la vida. Ha escrito libros propios y para políticos, coaches y líderes de varias industrias.Su libro más reciente "La Vida Pasa Rápido" se acerca a las 5,000 copias vendidas.    
Sabe que es raro escribir esta micro biografía en tercera persona, pero reconoce que se escucha un poco más épico. 
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