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Lo que aprendí de tomar café con un hombre brillante...
Escrito por Alejandro Pacheco - © Todos los derechos reservados, prohíbida su copia
Estoy en una sala de juntas del piso 29, de uno de los edificios más modernos que he estado, ubicado en la exclusiva zona de Santa Fe, Cd. De México.

 
 Frente a mí, se encuentra el Presidente de la empresa que viene de visita, directo desde Notting Hill Inglaterra. Escribe números y dibuja gráficas en el pizarrón blanco de sala de una forma alucinante. El tipo sabe lo que está haciendo, parece que su capacidad de análisis es procesada por una computadora de última generación que tiene instalada en su cabeza.

Intento ponerle atención, sin embargo, la vista que tengo de la Ciudad de México es tan imponente, que me distrae constantemente de los asuntos que se están discutiendo ahí. Honestamente lo único que quiero en ese momento es calentar mi café que ya se enfrió, y que la junta terminé.  

Me gusta el café caliente. Maldita sea, me encanta. Aunque soy de los que exige café caliente para luego esperar a que medio se enfríe y poder tomármelo. Pero es un hecho que lo amo, me divierte ver el humo salir de la taza e imaginar figuras que van desde demonios hasta Belly Dancers.

El potente aire acondicionado de la sala no sólo enfría los cafés, sino también las ideas, al menos las mías. Miro constantemente hacia el enorme reloj que está colgado en la recepción, la cual alcanzo a observar perfectamente desde donde estoy sentado, gracias a la moderna arquitectura de paredes de cristal que tiene todo el edificio.

Finalmente escucho el tan esperado “Thank you all” que dicta el fin de la reunión, como si se tratase del árbitro tocando el silbato en señal de que terminó el partido. En ese momento pienso que los ingleses son puntuales para todo, hasta para terminar las juntas.

Ahora bien, lo que sigue. Me dirijo con mi taza en la mano a la pequeña cocina que se encuentra en la parte posterior del piso frente a la terraza. Detrás de mí, el Presidente, la persona que acaba de dirigir la junta. Al parecer tiene el mismo problema que yo. Una taza de café frío, medio vacía o medio llena, dependiendo de si eres pesimista u optimista. Un problema no menor (considerando el frío del aire acondicionado), pero fácil de resolver.

Me sonríe y me pregunta qué me ha parecido la reunión. Parece una persona amable a pesar de su puesto. Confesarle que mientras él hablaba yo veía un reloj colgando de la pared, y que cuando eso pasa, me distraigo pensando en el conejo de Alicia en el País de las Maravillas, sería una descortesía de mi parte. Así que me concreto a decirle lo que él quiere escuchar. Le digo que su presentación fue brillante y hago dos o tres comentarios sobre los números que presentó, pretendiendo parecer inteligente. No sé si eso me hace un hipócrita, pero tampoco me importa. Lo único que me importa es una taza de café caliente, es todo. ¿A caso es malo eso?

En un acto de caballerosidad lo dejo calentar el suyo primero. Me pregunta que cuanto tiempo debería ponerle al microondas. “Unos 40 segundos creo”, respondo. Me mira con cara de duda y contesta, “No, I don´t think so” y veo que en el panel del horno pone 2 minutos. Pienso que es una locura pero no se lo digo. Al parecer mi mirada delata sorpresa porque intenta justificarse. Me dice que cree que en México los microondas no son tan potentes como en Inglaterra. Al parecer él no se ha enterado que ni en México ni en Inglaterra se diseñan microondas, y que es muy probable que el que tiene en su casa sea de la misma marca que éste.

“Ding, Ding”. El microondas termina su tarea. Abre la puertita y su café está hirviendo. Apenas si puede coger la taza con las manos. Le aviento la mirada que menos quiere recibir, aquella de, “te lo dije” . Me desea buenos días, da media vuelta aguantándose el dolor en los dedos al tomar la taza hirviendo y se retira. Lo miro alejarse y pienso “pobre hombre”.

Ver a un hombre brillante no saber usar un microondas y hacerle un daño irreversible a su café (y probablemente a sus dedos) pareciera un evento insignificante, sin embargo, no lo es. Por el contrario, me recuerda dos lecciones muy importantes, que constantemente he visto en la vida:  

1) Que todos somos ignorantes, pero no todos ignoramos las mismas cosas.

2) Que hay cosas que una vez hechas, no se pueden corregir.
Y así, para todo en la vida.

Estamos juntos en esto... Abrazo
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Acerca de mi: 
Alejandro Pacheco

Alejandro es un autor y entusiasta de la vida. Ha escrito libros propios y para políticos, coaches y líderes de varias industrias.Su libro más reciente "La Vida Pasa Rápido" se acerca a las 5,000 copias vendidas.    
Sabe que es raro escribir esta micro biografía en tercera persona, pero reconoce que se escucha un poco más épico. 
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